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viernes, 20 de febrero de 2015

Mi propia vida

La vida es redonda, redonda en sus gustos.
No consigo recordar cuando entré en la rueda de la fortuna. Quizás me apuntaron con la flecha de cupido. Casi no reconozco los primeros años. Pero ahora pensando nada fue por casualidad.

Estoy convencido que formo parte de un engranaje. Una sólida maquinaria en la que las variables no existen, con infinitas dimensiones y multitud de planos. Que me arrojaron a ella siendo una molécula, un diminuto átomo que se transforma y ocupa el espacio, y que vaga por esta espiral. Camino infinito de aventuras.
Me voy encontrando con diferentes elementos, aquellos que me hicieron persona: la supervivencia, el miedo, la amistad, el placer, la inteligencia, la duda, el amor, las arrugas, la soledad, la fortaleza, la enfermedad…
Y aunque el tiempo parezca lineal, me envuelve con brazos de acero, volumen infinito que me engloba y me enseña un juego de estrategia difícil de resolver. Un día conoceré a alguien que será crucial en mi vida. O viviré una experiencia que enlentecerá mis giros. O quizás me empeñe en un proyecto que me hará vagar a la deriva, pero siempre dentro de una órbita.
Por eso, cuando estrecho mi mano sé que no es en vano y que esa energía alterará el orden del planeta. Y si doy un beso las consecuencias podrán notarse en el extremo opuesto del mundo como un tsunami sin freno. Y si lloro, mis lágrimas a lo mejor rieguen parte de la tierra seca. Y que un sueño sea un trozo de pasado o de futuro, o quizás parte de una película que, por desgracia, algún día tendrá su fin.

Nada es por casualidad.

lunes, 16 de febrero de 2015

Sub-sua


Vuelvo a tenerte en frente
hace tiempo que no jugamos.
Ya no me acuerdo ni el nombre que tenían las piezas,
ni siquiera cuando me toca mover.
Es posible que terminemos la partida
y ninguno de los dos ganemos.
Tablas reñidas.
O que ganes tú y gane yo.
Quizás hasta nos riamos.
Pero, si nos llega el temido sub-sua,
sabes que la única jugada posible será no mover pieza.
Porque, juguemos lo que juguemos,
estaremos perdidos.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Mentiroso

Quién podía imaginar que tras la sonrisa de filmoteca de ese individuo, que tras la mirada cultivada de vítores, que tras las manos llenas de gestos amplios y acogedores, que tras ese empaque de hombre legal y justo, se escondía el estafador más grande y mentiroso que jamás había conocido.
Fue una mañana de Junio, el calor aún no apretaba demasiado, hasta tenía que guardarme en el bolso una rebeca de hilo por si acaso.
No recuerdo quién nos presentó, quizás mi jefe, o aquel amigo común al que hacía años no veía, no sé. Lo cierto es que, no sólo me traspasó su mirada felina, sino su personalidad entusiasta, su extrema amabilidad, su ademán de inteligente educado.
Reconozco que era el tipo de persona del que cualquiera puede enamorarse. Reconozco que era mi tipo, o fingió ser mi tipo, ya apenas distingo la realidad de la farsa, de la mentira estudiada hasta extremos ilimitados. Porque terminé saliendo con ese hombre de ojos verdes y dedos largos, terminé locamente enamorada de ese adonis de piernas atléticas y cuerpo fibroso, terminé infringiendo mis leyes por amor, sometiendo mi vida a alguien sin escrúpulos. Porque los mentirosos no tienen escrúpulos, no se cansan de mentir, no se hartan de robar.
Me usurpó el dinero, los bienes, la autoestima, la comida, la rebeca de hilo y, para colmo, terminó convenciendo al mundo que nuestro idilio fracasó por mis continuos engaños.
Yo que no soporto las mentiras, que sucumbo por no ocultar los detalles, que me puede la sinceridad antes de callar y sufrir con vergüenza el perderme en el olvido.
La repetición insaciable de una mentira se convierte en una verdad ambiciosa y yo me cegué de ambición.
Ahora repito palabras, me pica la boca, me suda la frente, me quedo con la mirada fija, me justifico innecesariamente, trago saliva y descanso mientras huyo. Todo lo que no observé que hacía el hombre que me robó la dignidad.

lunes, 4 de agosto de 2014

Matrimonio concertado

Un pañuelo en la cabeza y cubrirse el pelo esa es la señal de que eres mujer.
Yo nunca aprendí a hacerme la trenza tan perfecta como mi madre y taparla del todo, quizás porque no quería crecer.
Cuando me quedé embarazada de los mellizos lloraba si ellos lloraban, cuando jugaban me tiraba al suelo a jugar también, cuando se peleaban yo era la tercera en discordia.
Al nacer Nayik se derrumbaron las posibilidades de seguir siendo una niña.
Mi madre me lo decía, aunque no llegaba a comprender:
Te casarás pronto y tendrás que asumir el papel de esposa y madre.
Con quince concertaron mi matrimonio. Él era viejo pero amable, gordo y feo, calvo con bigote, manos arrugadas y recias.
Cuando me lo presentaron cerré los ojos. Creo que pagó bastante por mí, no lo sé, no lo vi, ni vi las monedas, ni las manos cuando me desnudó, ni vi el pañuelo cayendo al suelo, ni siquiera vi el nacimiento de mis hijos, ni noté cuando me tocó por segunda vez y por tercera, ni cuando bufaba, ni cuando me volvió a tocar, ni cuando engordé. No vi nada, ni mi futuro.
Abro los ojos cuando construyo un castillo de naipes. Los niños a veces me tiran las cartas y me enfado y protesto, pero vuelvo a colocarlas, el tiempo pasa muy deprisa entre carta y carta. En alguna ocasión ha llegado a tener tres plantas y abro mas fuerte los ojos pero siempre se caen cuando oigo sus pasos, las manos me tiemblan y los parpados vuelven a cerrarse.

El día que consiga construir uno muy alto, tanto que me sobrepase, ese día me refugiaré entre sus paredes antes de que se caiga y me aplasten sus cimientos.

martes, 1 de julio de 2014

La historia interminable

Solíamos quedar, un café y unas palabras, las suficientes para seguir ilusionados.
El viento dejaba de soplar y solo escuchaba los sonidos articulados de tu boca, los pensamientos convertidos en historias interesantes, sin finales trágicos, sin contrastes adivinados, la realidad en una caricia, un beso, una mirada.
Hoy divagamos sobre nada, superficialidades entrecortadas por la vergüenza y, el tiempo pasa sin acontecimientos, disfrazado de recuerdos dilatados, de suspiros sin sentido.
Se ha escrito una meta, el final de un camino que sospechábamos más largo, que intuíamos más difícil. El punto final de una historia inacabada, de una historia interminable.

domingo, 8 de junio de 2014

Petróleo

Colina pintó de azul su habitación.
Desde que su padre le dijo que algún día el mar cambiaría de color, que varios gigantes de hierro romperían el fondo y teñirían de negro sus aguas, no podía dejar de pensar que el color azul moriría.
Colina aprendió a distinguir el color azul mirando al acéano, bañándose en sus aguas, repitiendo en clase: el mar es azul.
No hay azul más intenso, ni más hondo. ni más grande que el azul del mar.
Los fondos marinos se llenarán de un negro espeso, se teñirán de un negro opaco.
No se podrá ver al calamar, ni al delfín, ni a las ballenas pilotos, tampoco dejará que las algas moteen de verde la superficie, la arena se convertirá en fango que atrape a las aves cubriendo sus plumas de chapapote y millones de niños no podrán contemplar la inmensidad azul que envuelve al mar.
Colina no quiere estar rodeada por un negro pastoso, ni quiere bañarse en un negro denso y maloliente, no quiere ver los atardeceres reflejados de oscuridad, ni despertar con el horizonte teñido de grasa negra.
Por eso ha elegido el color azul en sus paredes, para no olvidarse de que su color preferido, el mejor color, el más puro y cristalino es el azul del mar, el azul marino.

miércoles, 4 de junio de 2014

Estrenar

Hoy toca.
Hoy toca estrenar cara, puede ser doloroso, para qué mentiros.
Empiezas detrás de las orejas y como una careta vas tirando de la piel hasta arrancarla.
En la parte de la mandíbula hay que tener paciencia, ir muy despacio porque se adhiere demasiado y pueden quedar restos de tristeza, desgana y comisuras caídas.
La nariz sale en bloque. Al retirarla es preferible no mirar los agujeros, son como abismos, te hacen ser consciente de la profundidad del vacío y puedes perderte en un recuerdo oloroso, es un agujero negro sin fondo.
Rápido, tápala con la siguiente nariz, con la respingona y coqueta.
La piel que rodea a los ojos es fácil de quitar. Los ojos son bolas macizas, duras, imperturbables y son imposibles de arrancar, no los puedes manipular, razón por la que tenemos que escoger la cara ideal.
¡Cuidado! La mirada es delatora, estropea nuestro trabajo y puede que contagie a la nueva cara, la sonriente, la relajada, la enamorada y sincera, esa que toca hoy y con la que tenemos que acostumbrarnos a convivir.
Hoy toca estrenar cara.

jueves, 22 de mayo de 2014

La sonrisa del alma


La mente tararea cientos de notas de la melodía que escuché al levantarme. 
Tras la ventana me sorprendió la sonrisa del alma. 
El cristal ahumado disipaba una estampa chiquita, pisadas diminutas que escalaban sueños, esfuerzos grandes que parecían pequeños, ejercicios rutinarios que abrían regalos llovidos del cielo.
No eran espejismos, sino realidades distintas, esas que no tienen la inmensa mayoría de los mortales pero que están ahí a poco que te asomes a mirar, esas que te encharcan el lagrimal si decides jugar al juego de la comparación. 
Hoy vi la sonrisa del alma, escuché los tambores correr por el pasillo bailando al compás de una cojera, hoy temblé intentando subir la escalera del esfuerzo incondicional y comprobé que la voluntad conlleva recompensas que hacen al pobre rico y al rico pobre.
Escuché la melodía de la basura y se ha incrustado en mis sentidos. Quizás huela mal, incluso puede saber raro, hasta puede que el sonido chirríe en los que no tienen alma. Pero para mí ya forma parte de la música despertando una sonrisa.

viernes, 9 de mayo de 2014

Deseo de ser

Se cortó el pelo, necesitaba resaltar los rasgos más profundos de su rostro, esos que en penumbra afean, pero que con la luz del sol y un buen maquillaje hacen clavar la mirada a cada paso. Los labios perfilados por un rojo caliente, los ojos grandes con una línea infinita gruesa y negra, las pestañas enmarcadas con el rizo de un rímel pegajoso, los pómulos surcados por coloretes indios.
Delante del espejo rebuscó en el joyero los pendientes que dejaban suspendidos los corazones rojos que le había regalado el innombrable, la blusa ceñida resaltando un busto prieto de poder, sólo dos botones cerrados y el ombligo hendido al aire.
Los tacones buscando la elegancia de la altura anhelada. Ahora la postura, la mandíbula apuntaba al horizonte de la seguridad, la cintura suelta bailaba la sensualidad, dejaba caer la rodilla para resaltar su culo redondo.
No era extraño que cada hombre que encontraba hiciera una mueca tragando saliva, que tuvieran que cerrar varias veces los ojos con incredulidad, que se preguntaran quién era esa mujer que los sacó de la realidad por un  minuto.
Pero ella iba directa a su objetivo, a quién la despreció por su físico, a quién la humilló por sus labios gruesos, a quién se mofaba de su frágil cuerpo de niña, a ese que no tenía escrúpulos mientras explicaba sus defectos.
Se paró delante de la puerta, levantó el puño sin vacilar, hizo el ademán de llamar cerrando fuerte su mano, inspiró profundo y le llegó un leve recuerdo de su olor diluido en la penumbra del zaguán.

Un temblor paró su gesto, ¿qué hago? pensó, sólo conseguiré hacerme daño.

martes, 22 de abril de 2014

Caras

Mujer, 30 años, media melena rizada, salpicada con canas apenas perceptibles.
Trabajo como administrativa de unos grandes almacenes. Manejo bien a los jefes a los que les pongo mirada sin fondo y expresión plana como paralizada, para no entrar en roces personales. Hay que pasar desapercibida delante de los grandes, la subordinación es la clave del éxito en el trabajo, así los de la planta alta sólo saben de ti por tu trabajo. No hay que meter la cuchara en la olla del dinero.
Con los empleados mantengo las distancias. Eso de: ahora mando yo, a algunos les gusta pero, reconozco que no es uno de los mejores papeles que interpreto, seriedad, palabras monosilábicas y graves, mirada por encima de las lentes y labios apretados. Demasiada tensión y esfuerzo cuando no se tiene condiciones. Agotador.
Diariamente voy al gimnasio, pero con distinto horario. Allí la sonrisa es la protagonista, me dejo llevar por la adrenalina  y escondo los complejos debajo de las mayas negras de licra y los sujetadores elásticos.
Con mis amigos salgo una vez cada dos semanas, es curioso como cambia el semblante y las palabras según hables con unos u otros.
Mi mejor amiga es Lidia, alta, rubia y pecosa, somos muy distintas pero conectamos desde el primer día. Es de esas personas con las que hablar es fácil, con las que el silencio es agradable y los músculos se dejan de notar. Pero ella no sabe que tengo secretos que nunca le contaré, hay que guardar una parte de la intimidad bajo candado de plomo porque hay terrenos donde no se puede deambular ni con tu mejor amigo.
Los otros habituales: Pedro, Jose, Susana, Teresa, Bicho y Mary son variopintos cada uno con un encanto personalizado en la mirada, los gestos, palabras y actos, pero con cada uno tengo bien definida la parcela de mi vida que quiero compartir.
Con mi pareja es diferente, soy diferente, más dúctil, más niña, a veces me dejo querer, a veces quiero. Sincera unos días, callada otros, cansada en la noche, risueña en la siesta. Quisiera decir que seguramente sea la persona que mejor me conoce, pero no es cierto, porque cuando me quedo sola, cuando el silencio aparca delante de mi y me abre la puerta, cuando la mente analiza las horas del día y el interruptor de las palabras ha formado frases que hasta dudas que sean tuyas. En ese momento comprendes que ni tú mismo te conoces, que eres mil y un personajes dentro de ti, que puedes caminar en la cuerda floja y al segundo ser el equilibrista más grande, que eres sabio en minutos e ignorante en segundos. Que lloras de alegría y ríes de dolor.
Nadie, ni yo misma, sabe cómo soy.


miércoles, 26 de marzo de 2014

Un sueño


Necesito un sueño que comience con una mano suave que acaricie el aire que respiro, que tranquilice el ritmo de un corazón cansado de bombear sombras y se pare en el ombligo aliviando los espasmos de mis tripas.
Que continúe con un abrazo que vele los tiempos difíciles, divague los destierros insípidos y contagie mi rostro de luz.
Que finalice con un vuelo de esperanza terrena y me muestre el mundo con la perspectiva repleta de aliento.
Necesito un sueño que se haga realidad.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Silencio

De pequeño me cosieron la boca, me unieron los labios con un hilo transparente. Podían verse los dientes blancos y enfilados, pero el nudo que apretaba los labios no dejaba expresarme.
Y es que me enseñaron a no hablar para no mentir, preferían el silencio antes de que se dañara la integridad de mi mente.
Subir al precipicio del deseo y luego caer sería lo último, una locura que espantaría a la sensatez, me decían. Una ternura demasiado plácida para ser cierta.
Me enseñaron a callar por el “que dirán” de los aburridos, a no mirar fijamente por si adivinaban mis pensamientos. Me advirtieron que la disciplina es el pan que alimenta la tranquilidad.
Estrecheces mundanas.
Pero hablar es sano, adelgazas con cada frase que liberas de la cárcel del miedo, sueltas el lastre que aprisiona tus huesos y respiras mejor.
Hablar es oxígeno, es abrir el espacio que ocupan los malogrados pensamientos. Después puedes comer porque desatas al estómago que está encogido, te desnudas, sientes el frescor de la libertad, redimes lo que creías olvidado y renaces.
Es como pasar página sin dejar de verla, como si pudieras conservar en tu memoria los párrafos leídos y adivinar el contenido de cada libro sin que esté escrito.
Hay quien ha muerto por sus palabras, quien ha matado por hablar, quien muere hablando. 
Yo prefiero mil veces sucumbir a la desdicha de una palabra, someterme a un verbo sabroso, contemplar el temblor de una boca tartamuda antes de padecer callado o de vivir atado a un pensamiento sin sonido.

Prefiero morir mil veces antes que vivir en silencio sin poder hablarte.

sábado, 15 de febrero de 2014

San Valentín

No soy valiente, aunque el mundo esté hecho para ellos. Probablemente confundí la valentía con el silencio. 
No fui el héroe de los cómics que aparece entre las nubes volando para salvar a la guapa protagonista.
No fui el amigo fiel al que no le cuesta decir te quiero cuando las ganas apremian. Ni siquiera degusté el placer de un apretón de manos o un abrazo oportuno.
No destaqué por ser el compañero de aventuras divertidas, ni contagié de risas momentos inolvidables.
Es cierto que siempre fuiste diferente. Tu olor no era la sorpresa del día sino el abrazo de la noche. Tu sonrisa no era la expansión de un momento sino el recuerdo de la eternidad. Tus miradas no despertaban la curiosidad por conocerte, solo abrazaban mi anhelo.
No fui el romántico que regala flores, ni interrumpí las tardes monótonas con frases cariñosas, no colgué muérdago en el portal de la entrada para besarte, ni siquiera San Valentín me prestó sus alas en febrero.
Solo esperé a que la energía del mundo empujara mi quietud, me aferré a lo incorporeo de los sueños y a lo etéreo de mi existencia, solo bailé la danza del deseo sin materializar mis miedos.
Por eso no creo en el día de los enamorados, en esa energía que vaga entre dos almas gemelas. No creo que la intuición haga real un amor, porque, aunque te desee a mi lado, sigues siendo un silente y volátil sueño.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Desafío

La primera vez que tomé consciencia de mi cuerpo deforme frente al espejo, hice un pacto con el diablo.
Lo tenía atrás, mirándome con el rabo enroscado en el cuello y señalándome con la punta fina, triangulada y negra.
Se reía con esa risa grotesca y fría de la maldad, las cejas curvadas como el que está en una duda constante, la mano rozándose la barbilla con el índice coronado por una uña larga y retorcida, su cuerpo esbelto y rojo, detrás del mío, reflejado a retazos entre la neblina que lo envolvía.
Lejos de sentir miedo ante su espectro infernal me acerqué a su rostro, indagué en el fuego incandescente de su mirada y lo desafié.
Una sola pregunta fue suficiente:
No eres capaz de hacer que la belleza disimule este rostro incongruente, y que la giba de mi espalda deje de curvar mi torso, no eres capaz, por muy rey de los infiernos que seas, de corregir estas piernas rotadas como las garras de un monstruo, ni de hacer que mi miembro permanezca erecto como señal de poder.
Un solo desafío para exhortar al mismísimo demonio a que la mirada del mundo se transformara ante mi fea presencia.
Las carcajadas traspasaban los muros, el fuego carbonizaba las lozas del suelo, la ira transformaba el aire en un intenso humo asfixiante. Nadie había osado retarlo como yo, nadie en su eterna vida se había atrevido a dirigirle la palabra. Su presencia dejaba paralizado al mundo, el miedo mermaba a la humanidad, cegaba al que tenía la valentía de mirarlo.
Los desafíos despiertan la curiosidad a los malvados, los insta a probarse a sí mismos y les crea la necesidad de comprobar la magnitud de su poder.
No dijo nada, no dejó ningún conjuro en el aire, no lanzó rayos de fuego hacia mí, ni tembló el suelo mientras se alejaba.
El silencio se abrió paso entre la humareda que dejó lucifer al marcharse. Cuando el aire se aclaró y pude comprobar mi imagen en el espejo, nada había cambiado, ni una sola de mis deformidades. Seguía retorcido de fealdad, envuelto en los pliegues de un cuerpo inhumano y desagradable. Pero mis ojos tenían una mirada distinta, un verde intenso que rebotaba en el espejo y que me devolvía un nuevo rostro. Una mirada embaucadora, deliciosa, imposible de evadir, de esas que dejan sin habla al más mundano de los mortales, de las que no permiten otro deseo que tenerla. Una mirada que solo se podía definir con un nombre: belleza.

Ahora tocaba salir a la calle y ver la reacción de los humanos, si no me rechazaban, mi alma estaría eternamente maldita.

miércoles, 29 de enero de 2014

El cuidador de almas



Mirarse  al espejo, recuerda lo que somos





Desde muy pequeño aprendí a encontrarle el alma a las cosas. Las cuidaba, les daba calor, las alimentaba hasta que crecían y tomaban su propio camino.
Así fue lo que hice con el alma de mi tortuga, con la de mi oso de peluche, la de mis zapatos favoritos, la del primer libro que leí. Lo intenté hacer con la de mi mejor amigo, que se resistió un poco pero al final la cuidé y me acompañó durante muchos años.
No tenía tiempo para otra cosa que no fuera cuidar almas, llegué a tener hasta cincuenta guardadas entre mi dormitorio y el cuarto de herramientas que había detrás de la casa. De hecho, no sabía hacer otra cosa que cuidar. Me convertí en el mejor cuidador de almas del país.
La gente venía a traerme sus cosas, animales, familiares y amigos para que yo los cuidara, ni siquiera me dejaban explicarles cómo hacerlo. Me entregaban lo que estaba roto, quebrado, herido, a sabiendas que estarían a buen recaudo. Y yo, que no sabía decir que no, las aceptaba.
Tenía colas en mi puerta todos los días. A veces se acumulaban tantas almas que era difícil andar sin tropezarse con alguna de las que eran más remolonas, más tímidas y retraídas. Pero lo cierto es que en pocos días se ayudaban unas a otras y me hacían más fácil el trabajo. Nos convertimos en una gran familia. Cuando alguna se curaba y preparábamos su partida, sabíamos que, aunque nos entristecía su pérdida, irían a un espacio mejor. Eran momentos importantes, se iban porque habían terminado de crecer.
Pero a medida que pasaba el tiempo me sentía más cansado. Notaba que necesitaba sustituto, pero no encontraba a nadie que quisiera el trabajo, y eso que había muchos parados en la ciudad. ¿Dónde se busca a un cuidador de almas?
Cada vez era más difícil mantener mi taller de reparación. Me pasaba tantas horas cuidando que no noté que a mi alma se le rompió la esquina derecha cuando intentaba llevar a algunos amigos al rincón de la risa y que empecé a perder parte de mi agilidad a medida que los años dejaban factura. Se dobló por la mitad un día que me agaché demasiado para recoger del suelo la ropa de los más desordenados y ya no hubo posibilidad de enderezarla, además me quemé la planta de los pies por un descuido y dejé de sentir mis pasos.
No me daba cuenta de que me iba rompiendo, que me arrastraba, que estaba lleno de agujeros y que mis líquidos se desparramaban dejando mi cuerpo sin sangre. 
Toda la vida dedicándome a este oficio, todo mi tiempo reparando almas ajenas, estudiando para no errar en el camino, apartando el orgullo y, me olvidé.
Me olvidé de mí como un tonto, un ignorante, creyéndome inmortal.
No me di cuenta de que mi alma se cansó de cuidarse sola y se dejó morir.


Relato que pertenece al libro: Anclas. 


sábado, 16 de noviembre de 2013

Ser o no ser

Es extraño encontrarse un cráneo en la orilla de la playa, más aún si esa calavera resulta familiar, tanto como que al cogerla descubres que es la tuya, tu propio cráneo olvidado tiempo atrás, un día que necesitaba meditar sentado en la arena con las olas salpicando salitre en las cuencas de los ojos.

Sí, dejé mi cabeza olvidada por un desdén de conjeturas espesas capaces de hacerme olvidar lo primordial, el propio yo. Un yo solitario que intentaba arreglar los desequilibrios humanos, que pretendía cuadrar las horas del día para que el puzle de la rutina no perdiera su pieza central, que esquivaba cuchillos con sonrisas escandalosas,
alejando los malos farios intuidos en las miradas sórdidas que vigilan el éxito.
Olvidarse de la cabeza sólo le puede pasar a un ignorante descuidado, a un patán con aire de filósofo que juega al “ser o no ser” con su propio cráneo. Sólo le ocurre al que se mira el ombligo sin ver el final, sin percatarse que el hueco acaba donde empieza la primera cicatriz de la vida.
Estoy por dejar en la orilla también mi cuerpo, para ver si la casualidad une la división y por fin se juntan pensamientos con deseos, sentidos con movimientos, sueños con realidades.

Estoy por quedarme aquí quieto, sentado en la arena, contemplando el mar de mis propios recuerdos.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Niños rotos

Imagen de internet
A los niños rotos, como yo, se nos distingue porque no sabemos mentir, por eso ocultamos aquellas grietas que han roto nuestro cuerpo.
Firmamos con una espiral de rayones inconexos y temblones, como nuestros pies, que se mueven sin parar, aunque pretendan esconderse en un zapato negro de hombre clásico.
Si descifran nuestro código corremos el riesgo de desangrarnos, por eso eludimos respuestas. Pero somos legales  y honestos, nos gusta la justicia. En situaciones incontrolables el color de nuestro rostro cambia de un blanco de asombro a un violeta vergonzoso demasiado acusador y, como somos inteligentes, con nuestra espontaneidad y el control de la palabra salimos airosos. Nuestros movimientos se vuelven pausados y cada maniobra tiene su estrategia.
Necesitamos que nos quieran por lo que somos capaces de dar que no es mucho. En nuestra habitación solitaria guardamos trajes viejos rotos y desordenamos nuestro orden caótico y lloramos la pena de una soledad regalada y viajamos con los libros al pasado de nuestras verdades inventadas y de nuestros encuentros idílicos.
Tenemos un carácter melancólico disfrazado de cómico jugando con la bola del mundo que nos aplasta, pero que no nos quita la sonrisa. Recuerda que somos niños con una risa fácil y contagiosa que se escapa por unos dientes tecleados.
A veces, las personas que ven una gota de sangre en uno de nuestros rincones ocultos, quieren curar la herida con una medicina que contiene demasiadas preguntas que no sirven para curar ni para borrar los años de cruz impuesta.

No somos populares, los colmillos de la defensa se resisten a permanecer en el anonimato, espantan al ignorante y al chismoso. Pero aunque nos podamos arrepentir, en el fondo, detrás de nuestros temblores culpables, de la autocompasión, de la música de los ochenta, de los recuerdos tristes, nos sentimos los más fuertes, porque somos únicos.