
Tomaba impulso y... ¡Alejop! daba una voltereta en el aire para caer de puntillas, a plomo, sobre la tierra mojada sin perder el equilibrio.
En cada escalada miraba el mundo al revés, con la camisa plegada en su barbilla, el ombligo sobresaliente y el flequillo balanceándose al compas del impulso.
Un, dos, tres, su cuerpo ovillado en un doble salto mortal. Un, dos, tres, cada salto más altura. Un, dos, tres, el tiempo parado en cada cabriola.
Un niño, una caña de bambú, un rayo de sol y un mundo al revés.
Es como mejor se ve todo...
ResponderEliminarPrecioso
Abrazos
Esa inocencia, sin perspectivas, sin prejuicios, sin reglas, con la libertad que da el estar libre del conocimiento, para volar libre y cabriolar.
ResponderEliminarTienes una sensibilidad interesante para el cuento. ¿Será que se te cuela ese mundo por los pliegues de tus manos?
Ese mundo del revés es el poder que tienen los niños de ser libres, de mirar sin prejuicios.
ResponderEliminarMaravilloso!