Cuando María se cortó el dedo, no lloró. Ni una lágrima. Aunque el suelo se cubriera de rojo y el brazo se le durmiera de apretar y apretar intentando parar la hemorragia. Aunque fuera la mano derecha, certera diestra que tantas alegrías le dio.No lloró.
Dando tumbos, salió de casa y llamó a la puerta de su vecino Juan. El serio, el que no daba los buenos días ni las buenas noches, el alto de ojos verdes y mirada serena.Con el que María soñaba despierta.Con el que se hubiera acostado sin preguntar porqué ni responder cómo.
Cuando abrió la puerta María se desvaneció sobre él.
Su primer abrazo. Y el último.
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